A continuación se reproduce el texto del discurso que el cardenal Robert W. McElroy pronunció ante el Congreso de Educación Religiosa el 16 de febrero de 2024 en Anaheim.
Hace tres años, el papa Francisco puso en marcha una renovación que tiene como objetivo construir una cultura sinodal para la Iglesia en todos los países y a todos los niveles. Esta renovación se basa en la proclamación de que la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo constituyen la realidad más importante de nuestra vida en esta tierra. Exhorta a cada creyente a la conversión al Evangelio de Jesucristo y a una profunda relación personal con el Señor. La llamada a la renovación sinodal subraya la identidad de la Iglesia como Pueblo de Dios peregrino y como sacramento de la presencia salvífica de Dios en el mundo.
El Papa afirmó que es fundamental construir una cultura verdaderamente sinodal en la Iglesia en todo el mundo. Señaló ocho elementos que caracterizan dicha cultura:
- Una Iglesia sinodal se considera a sí misma como el Pueblo de Dios peregrino, en constante camino hacia el Reino.
- La sinodalidad exige a cada creyente una actitud profunda de escucha auténtica.
- La sinodalidad busca una Iglesia arraigada en la Palabra y el sacramento.
- Una Iglesia sinodal mira constantemente hacia fuera, hacia la transformación del mundo a la luz del Evangelio.
- Una Iglesia sinodal es una Iglesia humilde y honesta.
- Una Iglesia sinodal es inclusiva y acoge a todos: «Todos, todos, todos».
- Una iglesia sinodal es una iglesia participativa, en la que se fomenta la participación activa en la comunidad eclesial.
- Una iglesia sinodal es una iglesia corresponsable, en la que todos los miembros son bienvenidos al servicio y al liderazgo a la luz de su bautismo.
Al inicio del proceso sinodal, el papa Francisco hizo un llamamiento al diálogo sobre estos temas en todas las partes del mundo. Así, en 2021, la comunidad católica de Estados Unidos emprendió el mayor proceso de diálogo interpersonal y consulta jamás celebrado en la historia de nuestro país. Más de 500 000 hombres y mujeres se reunieron en oración y discernimiento en sus parroquias, escuelas, comunidades culturales y organizaciones de servicio para compartir sus alegrías y sus penas, sus esperanzas y sus temores en relación con la vida de la Iglesia.
Una de las realidades más llamativas que se reflejaron en nuestros diálogos nacionales fue la similitud de las percepciones y las inquietudes del Pueblo de Dios en todas las diócesis, regiones y culturas de nuestro país. Aunque a veces se expresaban en diferentes idiomas o con diferentes énfasis, las alegrías, las esperanzas, las penas y los temores del Pueblo de Dios eran notablemente similares. Por esta razón, es verdaderamente posible ver en los resultados del diálogo una imagen global de la comunidad católica en los Estados Unidos hoy en día y una imagen de hacia dónde debemos avanzar en los años venideros.
Los diálogos sinodales dieron un profundo testimonio de las hermosas formas de comunidad que florecen en todos los ámbitos de la vida de la Iglesia. Muchos participantes hablaron de las profundas relaciones que han establecido en su parroquia, su escuela y sus ministerios al servicio de los pobres y los que sufren. La Diócesis de Reno señaló: «Es evidente que las personas encuentran su fe y su experiencia de Dios a través de una comunidad que las acoge, las sostiene y las estimula».
La gente hablaba con cariño de los lazos de fe, amistad, búsqueda, amor, compasión, justicia y esperanza que han enriquecido sus vidas en las comunidades de la Iglesia. Entre ellos se incluyen una amplia variedad de grupos de oración y formación, ministerios litúrgicos, actividades de ayuda a los enfermos y marginados, escuelas y diversas comunidades culturales. La comunidad católica camina unida porque, en sus comunidades vibrantes y dispares, las familias se alegran juntas, lloran juntas, se cuestionan juntas, crecen juntas y encuentran un hogar, todo ello en el marco de la fe.
Los diálogos sinodales pusieron de manifiesto de manera abrumadora el poder de la Eucaristía en la vida de los creyentes. Como señaló la Diócesis de San Diego en su síntesis: «La principal alegría que surgió en las sesiones sinodales fue la participación en la vida sacramental de la Iglesia. La afirmación de un participante de que “experimentar la belleza de la misa con nuestras familias es lo que nos da esperanza” fue representativa de los comentarios que se hicieron en prácticamente todos los intercambios de los grupos pequeños».
La gran mayoría de los participantes en el sínodo señalaron la vida sacramental de la Iglesia como la fuente más rica de sustento y crecimiento en su vida espiritual. Expresaron su profunda gratitud a sus sacerdotes por el amor abnegado, orante y solidario que aportan a la vida sacramental de la Iglesia como celebrantes de la Eucaristía y al llevar los sacramentos a quienes los necesitan desesperadamente.
Al destacar el papel central de la Eucaristía, el testimonio sinodal dejó claro que existe una enorme necesidad de mejorar la formación en todas las etapas de la vida. «Los participantes de todas las edades y grupos demográficos se refirieron a la necesidad de una formación permanente. Les gustaría contar con más oportunidades para el estudio de la Biblia, cursos presenciales y en línea, conferencias, debates en pequeños grupos y convocatorias… Los miembros de las diócesis también desean que la Iglesia haga más por apoyar su crecimiento espiritual, exponiéndolos a los ricos aspectos de la herencia de la espiritualidad católica».
Uno de los temas recurrentes en los diálogos sinodales celebrados por todo el país fue la indignación por la forma en que los obispos reasignaron a sabiendas a sacerdotes de los que sabían que habían abusado sexualmente de menores en el pasado. Los diálogos sí que pusieron de relieve el papel positivo que desempeñan los obispos en la vida general de la Iglesia. Pero la intensidad y la crudeza de la indignación contra los obispos de nuestro país por las reasignaciones queda patente en los comentarios de la síntesis nacional de los diálogos locales: «La confianza en la jerarquía es débil y debe reforzarse. Los escándalos de abusos sexuales y la forma en que los responsables de la Iglesia gestionaron la situación se consideran una de las causas principales de la falta de confianza y credibilidad por parte de los fieles».
Si bien la confianza en los dirigentes de la Iglesia se ha visto enormemente mermada por nuestro historial de encubrimiento de abusos sexuales a menores y adultos, en los diálogos locales también surgieron repetidamente cuestiones más amplias relacionadas con la confianza.
El Pueblo de Dios ha reclamado en repetidas ocasiones una transformación en el secretismo con el que se han gestionado tantos aspectos de la vida de la Iglesia, especialmente en lo que respecta a las finanzas. La Diócesis de Monterey declaró: «Al escuchar al Pueblo de Dios, resulta evidente que sigue habiendo desconfianza dentro de nuestra Iglesia. Muchos expresaron su deseo de una mayor transparencia en el liderazgo, la toma de decisiones y los asuntos financieros. Reclamaron un liderazgo más responsable por parte del clero y del personal parroquial».
En cuanto a la inclusión, la síntesis sinodal de la Diócesis de Bridgeport señalaba que: «La llamada a la Iglesia para que fomente una comunidad inclusiva fue uno de los temas más recurrentes a lo largo de las sesiones de escucha. Todos deben ser acogidos en nuestra fe católica con amor, tal y como enseñó Jesús. Esto incluye a los bebés, a las personas mayores, a personas de todas las razas y culturas, a la comunidad LGBT+, a los casados, a los divorciados, a los viudos, a los jóvenes adultos, a las personas con discapacidad, a los marginados y a los niños. Una parroquia de Bridgeport comentó: “Existe la sensación de que el futuro de la Iglesia podría verse obstaculizado si los líderes no abordan la falta de aceptación de estos grupos, sus dones y sus valores”».
La candente cuestión del trato que la Iglesia dispensa a las personas LGBT+ fue un aspecto de enorme relevancia en los diálogos sinodales. Las voces angustiadas de las comunidades LGBT+, al unísono con las de sus familias, clamaron contra la percepción de que la Iglesia y algunos católicos los condenan de una manera devastadora. Los padres creyentes de hijos LGBT+ se mostraron especialmente elocuentes en su llamamiento a una mayor inclusión por parte de la Iglesia, al igual que los jóvenes adultos.
Además, los diálogos pusieron de manifiesto patrones de racismo, prejuicios y discriminación que siguen deformando el Cuerpo de Cristo. La Iglesia del Noroeste se pronunció con firmeza sobre esta necesidad imperiosa: «Los católicos de color hablaron de encuentros habituales con el racismo, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Los católicos indígenas hablaron del trauma generacional causado por el racismo y los abusos en los internados».
La cuestión de la mujer constituyó un tema central de crítica en los diálogos nacionales. La Diócesis de Las Vegas concluyó que, «en lo que respecta al papel de la mujer, una pequeña minoría de los encuestados expresó la opinión de que las mujeres deberían quedar excluidas de cualquier función litúrgica o ministerial… Sin embargo, la gran mayoría de los encuestados se opuso firmemente a esta actitud e instó a los líderes de la Iglesia a reconocer los “carismas únicos” y los “dones pastorales” que las mujeres aportan a la Iglesia. Los participantes en el proceso sinodal expresaron un amplio apoyo a la ordenación de mujeres, así como llamamientos a incluir a las mujeres en puestos de liderazgo, debates y decisiones en todos los niveles de la Iglesia».
Muchos participantes en el diálogo relacionaron la exclusión de las mujeres con la exclusión más general de los laicos católicos en su conjunto de una verdadera corresponsabilidad en la Iglesia. Los habitantes de Iowa, Kansas, Misuri y Nebraska se refirieron directamente a esta realidad: «Muchos desean que los responsables de la Iglesia se tomen más en serio los talentos y los conocimientos de los laicos». Algunos expresaron la necesidad de contar con consejos parroquiales y consejos pastorales diocesanos más eficaces. Otros desean que sus párrocos y obispos reflexionen más profundamente con los laicos sobre la mejor manera de participar en la comprensión de la misión de la Iglesia y sus esfuerzos por evangelizar a sus miembros y al mundo».
En muchos diálogos, esta cuestión de la corresponsabilidad en la Iglesia se relacionó con el tema del clericalismo en la vida católica. El testimonio sinodal expresó continuamente una profunda gratitud hacia los sacerdotes por su dedicado servicio a la Iglesia y por los sacrificios que realizan. Sin embargo, los elementos corrosivos de la cultura clerical salieron a la luz en comentarios sobre sacerdotes u obispos que no ven en sus propias limitaciones una invitación a establecer relaciones más colaborativas, y no menos.
La Iglesia del Noroeste solicitó una mayor «formación para los seminaristas y los ya ordenados, con el fin de comprender mejor las necesidades humanas y pastorales, la sensibilidad y la conciencia cultural, un mayor énfasis en la justicia social, el reparto de recursos con los necesitados, el equilibrio entre la adhesión a las enseñanzas dogmáticas de la fe y la atención a las necesidades emocionales de los feligreses; cómo incluir a los laicos en la toma de decisiones y aprender a decir la verdad con empatía, creatividad y honestidad».
Prácticamente todas las consultas sinodales compartían una profunda preocupación ante la marcha de los jóvenes y consideraban que esto estaba íntimamente relacionado con la necesidad de convertirse en una Iglesia más acogedora. La Iglesia de Nueva Jersey y Pensilvania afirmó: «Los jóvenes que participaron en las sesiones sinodales… hicieron hincapié en que no se les debe ver ni hablar de ellos principalmente como el futuro de la Iglesia, sino que se debe reconocer su importancia en el presente y darles una voz significativa en el aquí y ahora. Quieren ser vistos, escuchados e incluidos más en la vida de la Iglesia, especialmente participando de manera significativa en los consejos y ministerios parroquiales y diocesanos».
Los jóvenes adultos solían mencionar que se sentían como extraños en la iglesia en la que se habían criado. Hubo muchos llamamientos para que la iglesia se pronunciara sobre temas de especial interés para los jóvenes adultos, como la justicia, la cuestión racial y el cambio climático.
Así, la primera etapa del proceso de renovación sinodal del papa Francisco puso de manifiesto conclusiones comunes y concretas en Estados Unidos. Apuntaba hacia una comunidad eclesial que vive la Iglesia como una fuente de alimento espiritual en lo más profundo, una comunidad en la que se dan maravillosas relaciones de amistad, servicio, diálogo y crecimiento moral y espiritual. Pero los diálogos también exigieron cambios enormes en cuestiones de formación, inclusión, acompañamiento, corresponsabilidad y la proclamación efectiva tanto del Evangelio de Jesucristo como de la tradición doctrinal de la Iglesia.
En gran medida, estos mismos temas caracterizaron los diálogos en la mayoría de las demás regiones de la Iglesia universal. Al entrelazar los frutos de estos numerosos diálogos, el equipo de dirección del Sínodo en Roma elaboró una serie de preguntas y observaciones que debían abordarse en el proceso sinodal a medida que este avanzaba. En consecuencia, cuando la segunda etapa del proceso sinodal comenzó en Roma el pasado mes de octubre, el papa Francisco y los delegados del sínodo partieron de un marco genuinamente universal y exhaustivo para emprender la renovación de una Iglesia sinodal.
La Asamblea Romana
La propia naturaleza de la asamblea sinodal celebrada en Roma puso de manifiesto de manera contundente la identidad de la Iglesia como el Pueblo de Dios en su totalidad. Obispos, laicos y laicas, religiosos, sacerdotes y diáconos, todos sentados juntos en torno a mesas comunes, en unión con el Papa, dialogando con profunda fe y perspicacia, y votando en igualdad de condiciones sobre el informe provisional que serviría de base para las acciones futuras. Estas dimensiones de la experiencia de la asamblea apuntan a la realidad de que, verdaderamente, todos estábamos caminando juntos en esta peregrinación sobre la tierra en nombre de Jesucristo. Fue un marcado contraste con los sínodos anteriores, en los que solo votaban los obispos y la mayor parte de las sesiones se dedicaba a escuchar una serie aparentemente interminable de discursos que dejaban a los participantes pasivos y desconectados.
El método de diálogo utilizado en Roma consistió en una conversación en el Espíritu, un proceso de profundo discernimiento que abrió verdaderamente los corazones de los participantes en el sínodo. Partiendo de la Palabra de Dios y de la oración, los participantes de cada mesa compartían sus reflexiones iniciales sobre la cuestión que se estaba tratando, escuchándose unos a otros, con pausas significativas entre las intervenciones para la oración y la reflexión. A continuación, tras una serie de rondas de este tipo, cada mesa avanzaba hacia un abordaje más directo del tema de esa sesión.
Este método redujo las fricciones y acentuó los puntos en común, precisamente porque todos llegaron a comprender mejor la fe del otro.
El sínodo fue una experiencia profunda de la universalidad de la Iglesia. Como cambiamos de mesa cinco veces a lo largo del sínodo, cada uno de nosotros entró en contacto con el rostro del Pueblo de Dios en todos los continentes y a través de una gran variedad de culturas. Fue fascinante, transformador y profundamente trascendente ser testigos del variado tapiz de la gracia de Dios en acción en todo el mundo.
Hubo una serie de temas fundamentales sobre los que se alcanzó un amplio consenso: la centralidad del kerigma; la identidad misionera de la Iglesia; la importancia de situar la Eucaristía en el centro de todos los aspectos de la vida eclesial; la necesidad de ampliar y revitalizar los ministerios abiertos a los laicos; el imperativo de la Iglesia de salir de sí misma para acoger y defender a los pobres, los marginados, los oprimidos y los desesperados; la importancia de un cambio de paradigma en la invitación de la Iglesia a las mujeres y en el trato que les dispensa; la necesidad de una perspectiva global en lugar de una nacional o monocultural.
Pero también hubo ámbitos en los que las diferencias eran profundas: sobre cómo incluir de manera significativa a los laicos en la Iglesia sin menoscabar la integridad de su naturaleza jerárquica; sobre hasta qué punto deben llevarse a cabo la inculturación y la descentralización en la comunidad católica; y sobre cuestiones relacionadas con el diaconado y la inclusión de las comunidades LGBT+.
Tras la primera asamblea sinodal romana, hay siete cuestiones fundamentales que, en mi opinión, siguen siendo las más importantes para las próximas etapas del proceso sinodal.
- La naturaleza del discernimiento.
La sinodalidad pone de manifiesto que todo el Pueblo de Dios camina unido en la vida de la Iglesia y en la acción sinodal. Esto significa que no podemos actuar desde una mentalidad de complacencia ni desde una que acentúe las diferencias entre los bautizados. Más bien, debemos vernos a nosotros mismos como el pueblo de Israel fue llamado a hacerlo en el desierto, unidos en su fe y en su comprensión de que Dios los llamaba a un modo de vida siempre nuevo. Como se nos recordó en la asamblea de Roma, nuestras perspectivas individualistas sobre los temas debían ser sustituidas por una comprensión comunitaria arraigada en nuestra identidad común como discípulos de Jesucristo. La escucha era el requisito para un auténtico progreso sinodal.
La síntesis de la asamblea sinodal definió la sinodalidad con estas palabras: «En su sentido más amplio, la sinodalidad puede entenderse como el camino de los cristianos en comunión con Cristo hacia el Reino, junto con toda la humanidad. Su orientación es hacia la misión, y su práctica implica reunirse en asamblea en cada nivel de la vida eclesial. Implica la escucha recíproca, el diálogo, el discernimiento comunitario y la creación de consenso como una expresión que hace presente a Cristo en el Espíritu Santo, tomando cada uno las decisiones de acuerdo con su responsabilidad».
Pero, ¿cómo podemos trasladar esta experiencia y esta cultura de manera eficaz a la vida de nuestra parroquia y diócesis? El proceso de discernimiento que se utiliza en Roma requiere demasiado tiempo como para aplicarlo con regularidad en la vida y la toma de decisiones de la parroquia y la diócesis. ¿Cómo podemos desarrollar y poner en práctica métodos de discernimiento análogos que hagan hincapié de manera auténtica en la escucha del Espíritu y de los demás, pero que, al mismo tiempo, resulten prácticos para su uso general?
- La cuestión del cambio y la continuidad en la vida de la Iglesia.
Es fundamental salvaguardar el depósito de la fe. Pero, ¿de qué manera la tradición doctrinal y la historia de la Iglesia limitan la capacidad de esta para perfeccionar su enseñanza cuando se enfrenta a un mundo en el que la vida misma está evolucionando de manera decisiva, y cada vez resulta más evidente que, en algunas cuestiones, la comprensión de la naturaleza humana y de la realidad moral sobre la que se basaron las declaraciones doctrinales anteriores era, de hecho, limitada o defectuosa?
Tras la conclusión de la asamblea de octubre, el papa Francisco señaló un camino para responder a esta pregunta con su motu proprio «Ad Theologiam Promovendam». En él, aboga por una transformación de la teología católica para que se aleje de la abstracción y la ideología y se dirija a «abordar con misericordia las heridas abiertas de la humanidad y de la creación, y en el seno de la historia humana, a la que profetiza la esperanza de una plenitud definitiva».
Esta teología es intrínsecamente pastoral, ya que la reflexión teológica parte de «los distintos contextos y situaciones concretas en las que se encuentran las personas». Al ponerse al servicio de la evangelización, busca «el compromiso y el diálogo en todos los ámbitos del conocimiento, con el fin de llegar a todo el Pueblo de Dios e implicarlo en la investigación teológica, de modo que la vida del pueblo se convierta en vida teológica».
Este camino teológico debe nutrirse continuamente de la tradición doctrinal de la Iglesia. De hecho, el camino teológico esbozado por el papa Francisco puede, precisamente por estar firmemente arraigado en el mundo real en el que transcurre nuestra peregrinación terrenal, fomentar una mayor y más auténtica fidelidad al depósito de la fe, y no lo contrario.
- El conflicto entre el discurso profético y el consenso.
A medida que avanzaba la reunión sinodal, la disposición a hablar con franqueza fue aumentando considerablemente. Esto contribuyó enormemente a los esfuerzos por reconocer y superar nuestras diferencias. Sin embargo, cuando llegó el momento de redactar la síntesis final, el deseo de reflejar el consenso prevaleció en ocasiones sobre la franqueza. Esta tensión es inherente a la naturaleza de una reunión como esta, que valora la unidad como una dimensión esencial de la vida eclesial. Pero a medida que la sinodalidad se desarrolla en la Iglesia, esta tensión entre la franqueza y la unidad tendrá que ser explorada más a fondo.
- La cuestión del clericalismo.
La naturaleza, la presencia y las implicaciones del clericalismo salieron a la luz a lo largo de la asamblea celebrada en Roma. La síntesis del sínodo afirma: «El clericalismo se deriva de una interpretación errónea de la vocación divina, al considerarla más un privilegio que un servicio, y se manifiesta en el ejercicio del poder de una manera mundana que se niega a rendir cuentas. Esta distorsión de la vocación sacerdotal debe combatirse desde las primeras etapas de la formación, garantizando un contacto estrecho con el Pueblo de Dios…».
Una de las contribuciones más significativas que los laicos hicieron a la asamblea sinodal fue su insistencia firme y constante en favor de la transparencia, en contraposición al secretismo, en la vida de la Iglesia. En cuestiones que abarcaban desde las finanzas hasta los procesos de investigación de las denuncias contra los líderes de la Iglesia, pasando por los nombramientos episcopales y la evaluación del clero, los participantes laicos en la asamblea sinodal dejaron claro que rechazar el clericalismo exige una transformación profunda en la forma en que la Iglesia aborda el secretismo y la rendición de cuentas.
- La descentralización en la vida de la Iglesia.
Uno de los temas centrales del debate en la asamblea de Roma giró en torno a la diversidad cultural de la comunidad católica mundial. La interacción entre unidad y diversidad se hace especialmente patente en el intento por comprender la relación adecuada entre las culturas e historias particulares y la necesidad de adaptación a nivel local.
La síntesis sinodal afirma: «Los contextos culturales, históricos y continentales en los que la Iglesia está presente revelan diferentes necesidades espirituales y materiales. Esto conforma la cultura de las Iglesias locales, sus prioridades misioneras, las preocupaciones y los dones que cada una de ellas aporta al diálogo sinodal, y los idiomas en los que se expresan. Durante los días de la asamblea, pudimos experimentar de primera mano, y con gran alegría, las diversas formas de ser Iglesia».
En mi opinión, esta cuestión de la cultura y la descentralización se refleja en los enfoques pastorales divergentes que se observan actualmente en los distintos continentes respecto a la aplicación de la declaración *Fiducia Supplicans*. Es fundamental destacar que *Fiducia* aclaró las dudas sobre la admisibilidad de que un sacerdote bendiga pastoralmente a quienes viven en uniones irregulares o homosexuales en un contexto y de una manera no litúrgicos. No se introdujo ningún cambio doctrinal.
Hemos sido testigos de cómo, en diversas partes del mundo, los obispos han tomado decisiones radicalmente divergentes sobre la aceptabilidad de este tipo de bendiciones en sus países, basándose fundamentalmente en realidades tanto culturales como pastorales. Esto es lo que se entiende por descentralización en la Iglesia universal.
Pero esta descentralización no debe ocultar en modo alguno la rigurosa obligación que tiene cada Iglesia local, en nombre de la justicia y la solidaridad, de proteger a las personas LGBT+ en sus vidas y su dignidad igualitaria. Y tampoco puede ocultar la obligación que tiene la Iglesia en cada país de ofrecer un acompañamiento genuino a los hombres y mujeres LGBT+ en sus vidas de fe y peregrinación.
Es totalmente legítimo que un sacerdote se niegue a impartir las bendiciones descritas en *Fiducia* porque considere que hacerlo socavaría la solidez del matrimonio. Sin embargo, resulta especialmente preocupante que la oposición a *Fiducia* en nuestro propio país se centre de manera abrumadora en la bendición de las parejas del mismo sexo, en lugar de en los muchos más hombres y mujeres que mantienen relaciones heterosexuales no válidas desde el punto de vista eclesiástico. Si la razón para oponerse a tales bendiciones es realmente que esta práctica difuminará y socavará el compromiso con el matrimonio, entonces la oposición debería, cabría pensar, centrarse al menos en igual medida en las bendiciones para las relaciones heterosexuales. Todos sabemos por qué no es así: una animadversión persistente hacia las personas LGBT+.
- ¿Qué significa ser una Iglesia participativa y corresponsable?
La síntesis sinodal plantea esta cuestión en los siguientes términos: «Antes de cualquier reflexión sobre los carismas y los ministerios, todos hemos sido bautizados por el mismo Espíritu en un solo cuerpo. Por lo tanto, entre todos los bautizados existe una auténtica igualdad de dignidad y una responsabilidad común en la misión, según la vocación de cada uno».
Gran parte del tiempo de la asamblea sinodal se dedicó a comprender las implicaciones de estas palabras para la vida de la Iglesia en este momento de su historia.
Un fruto de vital importancia del debate fue el perfeccionamiento de la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre el papel de los laicos en la vida interna de la Iglesia. La síntesis afirma: «El Vaticano II y la enseñanza magisterial posterior presentan la misión específica de los laicos en términos de la santificación de las realidades temporales o seculares. Sin embargo, la realidad es que la práctica pastoral, a nivel parroquial, diocesano y, recientemente, incluso a nivel universal, confía cada vez más a los laicos tareas y ministerios dentro de la propia vida de la Iglesia». El Vaticano II había proclamado que los laicos ocupaban un lugar privilegiado en la transformación del mundo. La asamblea sinodal afirmaba que las mujeres y los hombres laicos también ocupan un lugar privilegiado en la transformación de la Iglesia.
La síntesis señala a *Praedicate Evangelium*, la constitución apostólica del papa Francisco sobre la reforma de la Curia Romana, como una vía fundamental para comprender esta nueva realidad. Muchos de los participantes en el sínodo compartieron su frustración por la incapacidad de las iglesias locales para incorporar a líderes laicos a puestos importantes en la vida de las diócesis y parroquias debido a los impedimentos del derecho canónico. Praedicate afirma una noción de autoridad y poder que distingue entre aquellos puestos que realmente requieren órdenes sagradas y aquellos a los que el Papa puede otorgar poderes en la Curia Romana. No son coextensivos.
Esta enseñanza puede servir de base para abrir nuevas vías hacia el liderazgo laico en ámbitos de vital importancia para la vida de la Iglesia, tanto a nivel diocesano como parroquial.
Si bien el deseo de abrir más plenamente la vida eclesial al liderazgo y la participación de los laicos tuvo una gran resonancia en la asamblea, el deseo de incorporar más plenamente a las mujeres a los puestos de liderazgo y a la toma de decisiones proporcionó los momentos más inspiradores del encuentro celebrado en Roma. En repetidas ocasiones, durante las reflexiones espirituales y teológicas que tuvieron lugar en la asamblea, se señaló que Jesús, al invitar a las mujeres a ser discípulas y testigos de la resurrección, provocó un cambio de paradigma en el trato que se daba a las mujeres en la cultura de su tiempo. La mayoría de los participantes en la asamblea sinodal consideraron que ha llegado el momento de que se produzca precisamente ese cambio en la vida de la Iglesia.
La síntesis de la asamblea afirma: «Las iglesias de todo el mundo han expresado una clara petición de que se reconozca y valore la contribución activa de las mujeres, y de que aumente su liderazgo pastoral en todos los ámbitos de la vida y la misión de la Iglesia… Es urgente garantizar que las mujeres puedan participar en los procesos de toma de decisiones y asumir funciones de responsabilidad en la atención pastoral y el ministerio». La síntesis contenía más de 80 propuestas de acción. Esta fue la única que se calificó de urgente.
- El significado de la inclusión en la Iglesia.
La síntesis aprobada por la asamblea romana proclama sin ambages la necesidad de convertir a hombres y mujeres en protagonistas efectivos de su vida en la sociedad y en la Iglesia, a pesar de las barreras que suponen la pobreza, la educación, la raza o el género. Condena todas estas barreras como pecaminosas. Reconoce y condena enérgicamente las estructuras de la sociedad y de la Iglesia que oprimían a las personas con una exclusión incesante. Pide una profundización de la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y la eliminación de todas las formas de violencia y explotación en la comunidad católica. Además, condena todos estos males con el humilde reconocimiento de que han existido en la vida de la Iglesia y constituyen un repudio a Jesucristo.
Sin embargo, en lo que respecta a la exclusión de los católicos divorciados y vueltos a casar, así como de los católicos LGBT+, la síntesis es mucho más moderada.
Creo que la naturaleza de la inclusión en la Iglesia se refleja de la forma más auténtica en el análisis que hace la síntesis de la Asamblea sobre el abrazo pastoral del propio Señor: «Varios pasajes del Evangelio revelan que Jesús se encuentra con las personas en la singularidad de su historia y situación personales. Nunca parte de la perspectiva de los prejuicios o las etiquetas, sino de la autenticidad de la relación a la que se entrega de todo corazón, incluso a costa de sufrir el rechazo. Jesús siempre escucha el grito de ayuda de los necesitados, incluso en situaciones en las que este permanece inexpresado. Realiza gestos que comunican amor y restauran la confianza; hace posible una nueva vida con su presencia; quienes se encuentran con él salen transformados. Esto ocurre porque la verdad de la que Jesús es portador no es una idea, sino la presencia misma de Dios entre nosotros. Y el amor con el que actúa no es solo un sentimiento, sino la justicia del Reino que cambia la historia».
Oremos para que, en el año que viene, esta hermosa visión del ministerio pastoral de Jesús ilumine el camino del ministerio de la Iglesia hacia todos aquellos que se encuentran marginados en la Iglesia que tanto amamos.
Nos encontramos ahora en medio del camino sinodal al que nos ha convocado el papa Francisco para la renovación de la Iglesia. Las voces del Pueblo de Dios de todos los continentes compartieron sus alegrías, sus penas y sus esperanzas en la Iglesia, sentando así las bases para un discernimiento sinodal global. La primera asamblea sinodal se reunió en Roma y, con la gracia de Dios, discernió las líneas generales de cómo podría ser una renovación sinodal. Ahora se están llevando a cabo consultas en todo el mundo para reflexionar sobre el trabajo de la asamblea y aportar ideas para la próxima reunión de la asamblea, que tendrá lugar este mes de octubre. En unión con el Santo Padre, la próxima asamblea completará el trabajo que se ha iniciado y, a continuación, el Papa ultimará y proclamará los pasos que daremos como Iglesia para renovar nuestra cultura eclesial y transformar el mundo. Nos encontramos en la mitad del camino, un camino que promete traer inmensas bendiciones para la Iglesia que amamos. Como peregrinos en esta ciudad terrenal, regocijémonos por lo que hemos recorrido y por el camino que nos queda por recorrer en este camino sinodal.