Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
¡Qué día tan glorioso! Un templo que estaba sobrio ahora se llena con la fragancia y la belleza de las flores. La iglesia huele limpia y fresca. Vuelve a escucharse el sonido del agua corriendo en la pila bautismal. El “Aleluya” resuena una vez más en nuestros templos. El año ha dado la vuelta completa. Celebramos lo más importante de nuestra fe como cristianos: ¡Jesús ha resucitado!
A los discípulos de Jesús les tomó tiempo comprender plenamente lo que significaba “resucitar de entre los muertos”. Podemos imaginar su confusión al ver que el cuerpo de Jesús ya no estaba. Al principio, quizá pensaron que alguien lo había robado. Eso habría sido otra ofensa e indignidad para su Maestro. Justo cuando sus corazones estaban en lo más bajo, se encontraron con otra posibilidad: ¿y si había resucitado?
Por eso, en esta Pascua encendemos un fuego nuevo, bendecimos el agua y somos rociados con ella, renovamos nuestras promesas bautismales. Damos la bienvenida a nuevos miembros y nos fortalecemos con su fe. Y nos llenamos de alegría por todo lo que ha sucedido.
Nos toma toda la vida comprender lo que ocurrió aquel día hace casi 2 mil años, y lo que sigue ocurriendo una y otra vez —y seguirá ocurriendo hasta que el Señor Jesús vuelva.
Cuando celebramos la Pascua, hacemos memoria del gran acto de Dios al resucitar a Jesús de entre los muertos. Creemos que la gracia de Dios también se derrama sobre nosotros y que nuestra propia muerte no tendrá la última palabra. Nuestra fe alimenta la esperanza de que participaremos plenamente en la Resurrección de Jesús en el último día. Pero surge una pregunta: ¿se limita nuestra fe a recordar la Resurrección de Jesús y a esperar la nuestra al final de los tiempos? ¿Qué pasa entre esos dos momentos? ¿Qué pasa hoy?
Al mirar nuestro mundo, no podemos cerrar los ojos ni los oídos ante el sufrimiento, la violencia y la guerra que siguen desfigurando la vida de tantas personas. Incluso aquí hay quienes cargan heridas profundas y conocen de cerca el dolor. ¿Qué nos dice la Resurrección de Jesús ante todo esto?
El reto de la Pascua hoy es comprender la historia del sufrimiento humano a la luz de la resurrección de Jesús. Esto implica, de alguna manera, ponernos del lado de Dios para alzar la voz contra la violencia y el sufrimiento que a veces se aceptan como inevitables. Como cristianos, estamos llamados a protestar contra la muerte en medio de la vida y a trabajar por la paz en el mundo.
Cada uno de nosotros puede participar, de muchas formas, en la misión de nuestro Señor resucitado. Por ejemplo, estamos llamados a ser voz de los que no tienen voz, a apoyar y cuidar a quienes más lo necesitan en nuestra sociedad. También se nos invita a transmitir los valores cristianos a nuestros hijos con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestro ejemplo. Y hay algo que todos podemos hacer: orar para que todas las personas, sin excepción, reciban el gran regalo pascual de nuestro Señor resucitado: el Espíritu Santo, que es quien puede transformar nuestras vidas y las de los demás.
Como discípulos amados de nuestro Salvador, que saben ver en la oscuridad lo que otros no ven, creemos firmemente que el Espíritu de nuestro Señor resucitado puede llevarnos a nosotros y al mundo entero a una vida nueva.
¡Feliz Pascua!
Reverendísimo Michael Pham
Obispo de San Diego