Encontrar la gracia en nuestra república del sufrimiento
Encontrar la gracia en tiempos de sufrimiento
El obispo de San Diego, Robert W. McElroy, pronunció la siguiente homilía durante una misa especial celebrada con la comunidad católica afroamericana en la iglesia de la Inmaculada el 6 de junio de 2020.
La fiesta de la Santísima Trinidad que hoy celebramos ofrece un marco significativo para los terribles acontecimientos que han conducido al asesinato de George Floyd y que se han derivado de él. Pues en la identidad y las obras del Padre, del Hijo y del Espíritu encontramos la guía que nos indica cómo, como personas de fe, debemos afrontar este momento de injusticia y odio racial, este momento de ira, desesperación y esperanza.
El hermoso acto del Padre en la creación nos presenta el fundamento de toda verdad relevante sobre los prejuicios raciales y la unidad de la familia humana. Es el don de la creación en el que encontramos la raíz de todas las bendiciones que conocemos en nuestras vidas en esta tierra. Y es en la decisión deliberada del Padre de crear a la persona humana a imagen y semejanza de Dios donde vemos el mandato eterno de que debemos reconocer en cada persona que encontramos a un hijo o una hija de Dios en igualdad de condiciones. No hay hijos de un dios menor en esta tierra. Todos somos iguales en la familia humana que solo Dios ha hecho una.
La doctrina del pecado original nos enseña que el pecado entró en el mundo no por obra divina, sino por culpa humana. Y la realidad del pecado original que nos agobia desde nuestro primer aliento radica en el hecho de que nacemos en un mundo donde el hermoso diseño de amor y bendiciones de Dios ha sido deformado por estructuras que no solo no hablan de Dios, sino que nos alejan directamente de Él: grotescas desigualdades económicas, la guerra y la violencia institucionalizada, la destrucción de la vida en el útero y la devastación del medio ambiente.
Pero, de todos los elementos del pecado original que agobian a nuestra humanidad, los prejuicios raciales, étnicos y culturales son los más odiosos e implacables. Es un amargo misterio del alma humana el motivo por el que encontramos satisfacción en menospreciar, aislar y vilipendiar a los demás a causa del color de su piel o de su origen nacional. Y es particularmente vil que levantemos vallas alrededor de los grupos raciales y étnicos en lo más profundo de nuestras almas, negándonos tan a menudo incluso a reconocer el carácter pecaminoso del prejuicio que acecha en nuestro interior, ya sea ese prejuicio manifiesto o sutil, expresado con palabras o puesto en práctica.
El acto de la creación es misericordioso y generoso. Otorga a cada persona el derecho a los bienes de este mundo, a la igualdad en dignidad y en la sociedad, y a todas las dimensiones de la justicia. Dios Padre llora ante nuestra continua negativa a llevar esa misma misericordia a nuestras relaciones con los demás. Dios se entristece porque las estructuras del racismo y la desigualdad se han arraigado en nuestra forma de pensar, en nuestros supuestos culturales, en nuestros patrones de residencia, amistad y culto. Al dar gracias a Dios Padre este día por la belleza del orden creado, debemos enfrentarnos a la disyuntiva entre las intenciones del Padre para nuestro mundo y las realidades sociales que hemos creado con nuestra rencor, egoísmo y orgullo. Debemos reconocer nuestro pecado y debemos enmendarlo.
Si nuestra contemplación de la gloria del Padre nos revela nuestra continua infidelidad al plan de Dios al permitir que el racismo florezca en nuestros corazones y en nuestro mundo, nuestra cercanía al Hijo sitúa el sufrimiento humano derivado del racismo en el centro de nuestra oración y nuestra acción en este día.
Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo único entre nosotros para enseñarnos a vivir y para transmitirnos que el amor de Dios no conoce límites. El signo incomparable de ese amor es la cruz de Jesucristo. Dios podría haber redimido al mundo sin que su Hijo muriera en la cruz. Él abrazó la cruz como señal de expiación por nuestros pecados y como testimonio de la verdad fundamental de nuestra fe: que cuando nosotros o alguien a quien amamos sufrimos profundamente en esta vida, nos volvemos hacia un Dios que no es distante ni abstracto, sino un Dios que conoce íntimamente lo que son el sufrimiento físico, emocional y espiritual, porque los soportó todos en su pasión y crucifixión.
Por eso la cruz es el símbolo central de nuestra fe cristiana: un testimonio conmovedor de que Dios está a nuestro lado en nuestro sufrimiento y de que nos exige que trabajemos para poner fin al sufrimiento ajeno, ya sea el causado por nuestras propias acciones o por nuestra sociedad.
En este momento, debemos afrontar la realidad de que, desde que los primeros hombres negros fueron traídos a la fuerza a Virginia para trabajar en condiciones de esclavitud, la comunidad afroamericana de Estados Unidos ha sido crucificada de una manera sistemática sin parangón, solo comparable al trato que nuestro país ha dispensado a los nativos americanos.
Este calvario no terminó con la emancipación. No terminó con las Enmiendas XIV y XV, que prometían traer igualdad en dignidad y derechos. El calvario de la comunidad afroamericana no terminó con el movimiento por los derechos civiles ni con la elección de un presidente negro.
Este tiempo en la cruz perdura en los legados entrelazados de la esclavitud y los prejuicios raciales, que han creado barreras económicas y sociales que impiden el progreso de la comunidad afroamericana en todos los ámbitos de nuestra vida nacional. Perdura en la segregación residencial, que agrava las desigualdades en materia de educación y oportunidades. Este tiempo en la cruz se ha agudizado durante la pandemia de COVID, ya que los estadounidenses negros se vieron obligados a soportar una mayor carga de exposición y riesgo para mantener viva nuestra sociedad durante estos días de confinamiento. Y este tiempo en la cruz sigue encarnándose en el horroroso temor de cada madre y padre negros, de cada esposa y esposo, de que su hijo o hija o su cónyuge pueda ser la próxima víctima de la violencia policial arraigada en el prejuicio racial, la insensibilidad, la indiferencia o la animadversión.
Si nuestro amor por Jesucristo, colgado en la cruz, ha de tener sentido para nosotros como personas de fe, debe impulsarnos a actuar de forma decidida e incesante para poner fin al sufrimiento institucionalizado que la comunidad afroamericana ha soportado a lo largo de toda nuestra historia como pueblo. No podemos limitarnos a pasar de largo en silencio, como hizo la multitud mientras nuestro Señor era crucificado.
En este Domingo de la Trinidad, recordamos que el Padre nos entrega el plan amoroso de Dios para la historia de la humanidad y la solidaridad. El Hijo nos acompaña en nuestro propio sufrimiento y nos pide que acompañemos a los demás en sus momentos de agonía. Pero es el Espíritu quien nos da vida como discípulos y como comunidad de fe para renovar la faz de la tierra.
Este momento, en el largo calvario que nuestra nación ha infligido a la comunidad afroamericana, no debe ser solo un interludio. Debe ser un momento de transformación. Cuando el Espíritu de Dios descendió sobre los apóstoles en Pentecostés, estos se mostraban tímidos, desorientados y temerosos. Pero con el Espíritu entre ellos, transformaron el mundo entero.
Ahora debemos hacer lo mismo. Las voces de los jóvenes que se unen para exigir un cambio sustantivo y estructural son un inmenso signo de esperanza. La propia comunidad afroamericana —que habla con una fuerza y una elocuencia que están penetrando nuestra sordera y dureza de corazón— es un signo de esperanza. El reconocimiento de que solo bastará un esfuerzo sostenido e integrado para lograr el cambio estructural y la reforma: estos son signos de esperanza y de la presencia del Espíritu en los acontecimientos de estos días.
Nosotros, como comunidad católica, debemos aprovechar este momento como una oportunidad transformadora y duradera. Debemos utilizar nuestros programas educativos y formativos para transmitir a nuestros hijos la belleza del don divino de la igualdad en la creación. Debemos examinar las formas en que contribuimos al sufrimiento de los trabajadores y padres afroamericanos, de los estudiantes y las personas mayores, de los desposeídos y los que sufren, a través de nuestra forma de vivir, actuar, gastar y votar. Debemos actuar de forma decidida para apoyar reformas profundas en las fuerzas del orden, de modo que la verdadera justicia, la protección y el servicio se sitúen en el corazón de la cultura policial de nuestro país. Y en este Domingo de la Trinidad, no debemos ver en el Padre, el Hijo y el Espíritu meramente una fuente de satisfacción y complacencia, sino que también podamos encontrar en la Trinidad al Dios de la urgencia, del sufrimiento, de la solidaridad y de la renovación que nos impulsa a actuar.